Tom Waits y aquel viejo poeta beat

La banda de jazz en el fondo, y una voz aguardentosa afrontando los viejos sueños de la vida. Un micrófono abierto y el olor a cigarro en cada momento que la boca con aliento alcohólico narra la triste historia de todos los días. Frías noches de Nueva York bajo la luna color de hueso. Tom Waits, irreconocible, sale del pequeño club en algún lugar del barrio Bowery y frota rápidamente sus manos. El vaho con sabor a whisky que sale de su boca se pierde a escasos centímetros de él. Los años no pasan en vano y Tom Waits lo sabe. El pelo rizado y descuidado debajo de su sombrero de ala ancha, la bufanda café, la vieja chamarra de cuero negro y unos anteojos añaden vejez al señor de la voz rasposa. Un poco de espera, y aparece a su lado una figura senil oculta bajo una gabardina gris: el viejo William S. Burroughs, más viejo que Tom. San Burroughs, el padre de la adicción. Con sus poemas, una canción; una canción para la nada, para el piano, para los dedos y para la voz.

Colaborando otra vez, los dos viejos, con el tiempo atrás, con las alas cortadas. Dos gargantas de oro al compás de una marcha rusa en un viejo teatro. Pensar desde aquí en ese viejo teatro, en Hamburgo, en Londres y en Nueva York. Pensar en la música de The Black Rider, que acompaña la puesta en escena de Robert Wilson. Pensar en las locuras de Tom Waits, en el acordeón, en el chamberlain, en el trombón, en el tololoche, en el violonchelo, en la marimba, en el serrucho, en el compresor de aire y en los huesos.

Dos viejos poetas beats caminando bajo la nieve, rumbo a Greenwich Village, rumbo a la aldea del mundo. Resguardándose a media noche de la tormenta ocasional en algún café de Soho. Con los ojos cansados y con poco tiempo para conversar y para vivir. La colaboración se traduce en The Black Rider (Island, 1993), la banda sonora para una obra de teatro basada en un cuento europeo tradicional. Historia de tentaciones irresistibles. Relato de consecuencias trágicas cuando se vende el alma al diablo a cambio de fama, fortuna y un poco de amor. A esto se le añade algún texto de Burroughs y música de Waits, y el resultado es una representación moderna de la decadente condición de la ambición humana.

No se sabe si el futuro permitirá otra colaboración de este tipo. Por lo tanto, Burroughs seguirá siendo venerado en el círculo del rock por Bono y Kurt Cobain. En otro lado, Waits seguirá explorando su capacidad histriónica en la pantalla gris. Los dos, figuras mesiánicas en el centro del mundo, apartadas por un instante del frío en la calle, perdidos entre el rico aroma del café y del momento. Afuera del recinto para pensadores, y sin dañar a nadie, la pequeña nieve desciende del cielo para cubrir de blanco las sucias banquetas de la manzana grande. Oremos, pues, por un encuentro menos espontáneo y más comprometido.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1993) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).


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