Momentos antes de que la noche cubriera la carretera con su espeso velo de neblina, Tomás dio un paso hacia atrás e inició un lento descenso hacia el recuerdo. Qué espectáculo, no lo podía creer ni mucho menos olvidarlo fácilmente. Acababa de abrir la puerta de la caja que envolvía a su sensible persona, y los Tindersticks, en ese instante, abandonaban el escenario.
Con su grave voz, el dandy Stuart Staples detenía en el aire las últimas notas del violín de Dickon Hinchliffe; a su vez, los húmedos y tristes retazos del piano de David Boulter daban vida al capullo de cereza en su canción. Esto fue dentro del Troubadour, en un sábado de noviembre; afuera, en Los Ángeles, lo nocturno apretaba la existencia hasta el fondo del alma.
A la mitad del concierto, Tomás se dirigió hacia Enrique. Lo conocía desde siempre y nunca hubo momento en el que no estuvieran de acuerdo en cuestiones de música. “La cosa con ellos”, confiaba Tomás, “es que en ningún lado del globo terráqueo se está generando tanta descarga emocional, y estamos aquí presentes”. “Deja tú eso”, le contestó Enrique, “el estilo de lo que está arriba es imprescindible. Trajes italianos, sensibilidad poética y bella oscuridad bohemia; así es, aquí estamos presentes”.
En el universo de lo romántico no hacía falta la orquesta de cuerdas que les acompañó en su reciente gira europea. El violín amplificado de Dickon era suficiente para generar el campo sonoro que Tindersticks necesitaba para emular el sonido de lo que Tomás consideraba el mejor disco del año. “Olvídate de todo lo demás”, insistía Tomás, “este año lo único que me hizo llorar fue este disco y ‘Summer Dress’ del último de los Red House Painters”.
Ambas caras fijaron eternamente su atención sobre la música del escenario. Las pequeñas lágrimas, la hermana de la mala estrella, la canción dormilona, la ciudad enferme, el diablo en el ojo, los zapatos agujerados y esa mujer que abandona al ineficiente amante volaron como palabras hacia el subconsciente colectivo de la audiencia. El misterio de los suaves sonidos de los Tindersticks había sido descifrado.
“Le obsequié una fina edición de El llano en llamas, de Rulfo”, Enrique contaba a Tomás acerca de su breve encuentro con Dickon, el violinista del grupo, antes del concierto. “En una entrevista que tuvimos por teléfono, una semana atrás, Dickon me comentó que encuentra similitudes entre la música de Tindersticks y Juan Rulfo. Ese desarrollo lento, sostenido e intenso de la literatura de Rulfo es equivalente a la mayoría de la música de Tindersticks”. “Sí, ya lo creo”, acuerda Tomás, “un gran contenido que te lleva a la orilla de un sórdido, bello y crudo realismo”.
El inicio del concierto había sido devastador, con tres canciones nuevas en el repertorio del grupo. Descanso para el silencio y una grata bienvenida para el guitarrista Neil Fraser, que llega primero; el baterista Alistair Macaulay le sigue, junto con el bajista Mark Colwill; Dickon, Stuart y David llegan al final. Las luces se habían apagado y Tomás cautelosamente buscaba un presagio en los ojos de algún extraño.
La llegada fue apresurada para Enrique y sus dos acompañantes, que se perdieron en la algarabía del instante en que ingresaron al pequeño club angelino: Luis con su dolor de espalda y Cynthia con su afecto por el ruido, al pie del escenario que la invitaba a acercarse. Lo anterior fueron más de dos horas de un largo viaje; lo demás fue eterno y afable. Enrique estaba seguro de que encontraría a Tomás y de que disfrutarían de una excepcional velada al lado de Tindersticks.
Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1995) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).
