Stereolab: finos lagartos de lobby bar en la era del post rock

Los temores de la era nuclear se esfuman cuando la inocencia de lo que escuchas se pierde en los sonidos de un sistema modular estereofónico. La tecnología fue capaz de curar al blues del aburrimiento que propiciaba lo plano y singular del sonido de los cincuenta. Bienvenido a la era moderna, hermano; bienvenido a la revolución de la información: todo es más rápido y más eficiente (¿o será que el resto del mundo es demasiado lento?). Grata aceptación para la separación de la señal que se reproduce: una sensación de distribución espacial de fuentes sonoras.

Se tenía en las manos un producto tan innecesario como todos esos rumores de la Guerra Fría; era el tiempo de relajación y de sentirse bien. Se diseñó un modo de vida que fuera capaz de llegar a los lugares más exóticos del planeta. Se reprodujeron ritmos y cascadas. Se registraron sonidos selváticos e impresiones nocturnas. Se mezclaron bebidas alcohólicas con los colores del arcoíris. El glamour, para la clase media, estaba al alcance con solo adquirir uno de estos modernos aparatos estereofónicos, comprar cualquier grabación de uno de los tres reyes del lounge (Les Baxter, Martin Denny y Esquivel, los padres del easy listening) y ejercer la ética de lo suave. Bellos y extraños arreglos musicales, tiki romos, nítida producción para la voz, jazz ligero, mucho camp y kitsch, aceitunas, martinis e insinuaciones sexuales.

La tecnología siguió avanzando hacia los setenta y las grandes orquestas fueron desapareciendo. Se crearon increíbles aparatos capaces de emular cualquier sonido en el planeta; se les dieron nombres como Moog, Farfisa, Theremin y Hammond (epónimos, en su mayoría, de sus creadores).

La era espacial queda atrás, y cuestiones de mayor sensibilidad son buscadas en la planicie del sonido. Los avances más notorios se dan en Alemania, bajo influjos de la superioridad musical germánica. Se toman las precariedades filosóficas de Eno, la substancia elemental de Schulze y la fina ingeniería Volkswagen para originar el krautrock. Se generan ritmos motorizados y rápidos. Se reúne el sentir de la aldea global en el espacio de una canción y se postra el saber en la luz de eso que sigue después del rock. Can, Neu! y Faust: la santísima trinidad de la pequeña vanguardia que se da frente al muro de Berlín.

El krautrock alemán nunca fue entendido a nivel masa. La propuesta, más que futurista, planteaba conceptos musicales muy ajenos a los sonidos que se desarrollaron durante esa época: ritmos mecánicos, disonantes sonidos de sintetizadores, instrumentos ajenos al resto del mundo, ejecución de cantos tribales ancestrales y la sencillez de una extraña canción pop. El krautrock hoy es sujeto y veneración del druida místico del rock Julian Cope, a quien le han editado sus escritos acerca del tema en dos jugosos volúmenes.

Llegan los noventa y lo olvidado por más de treinta años es resucitado por un resurgimiento del movimiento lounge en varios lugares del mundo. La cultura tiki es adaptada por los camaleones nocturnos de las grandes ciudades. Grupos como Combustible Edison, Black Velvet Flag y The Dean Martins daban homenaje con su música a los reyes del lounge. Lo novedoso sucedió en 1992, cuando el grupo inglés Stereolab combinó lo anterior con la dinámica del krautrock. Los viejos sonidos del Moog y del Farfisa son resucitados y se fusionan con la cadencia jazzera del lounge, el humor y la afinada ciencia rítmica de esa influencia alemana.

Stereolab es realmente excepcional: hay toda una agenda detrás del concepto del grupo. La vocalista parisiense Laetita Sadier a veces canta en francés melodías que se acompañan de propaganda neomarxista. Otras veces, Sadier canta en inglés temas en los que se hace referencia a osciladores de corriente eléctrica, a chicles con sabor a John Cage, al minimalismo metronómico subterráneo y a pintoras que graban canciones en la luna. Tim Gane, el otro compositor y guitarrista del grupo, es sin duda gran parte de esa investigación musical que se expresa en el groop. El género que Stereolab rescata se puede escuchar en grupos como Pram, Ui y Long Fin Killie. La cambiante alineación del grupo incluye en estos momentos a Mary Hansen, Morghane Llote y al ex-Slint Dave Pajo (los últimos dos sustituyen a Katharine Gifford y a Duncan Brown, que se han unido al grupo The High Llamas).

Emperor Tomato Ketchup (Duophonic, 1996), lo más reciente del grupo, es uno de los más finos ejemplos del post-rock (nombre que se le da a todo aquello que va más allá de los estrechos límites del rock tradicional). Cybele’s Reverie, uno de los sencillos más increíbles del verano, se postra sobre los oídos y reside ahí en la posteridad. Con un poco más de funk y con un poco menos de kraut, Emperor Tomato Ketchup resulta ser menos accesible que el material anterior del grupo. Este disco viene a liberarse de lo denso de otras producciones y a continuar con las oscilaciones electrónicas de la experimentación sintética.

En la era del reciclaje y del procesamiento de información en velocidades arrolladoras, Stereolab es apto para individuos que piensan antes de escuchar. Lo digital nos lleva a lo análogico y a los grandes espacios de sonido que están ahí, esperando ser visitados.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1996) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).


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