Que tengas un buen día, River Phoenix

La última noche de octubre. Un latido final, y tu cuerpo cae en la banqueta. Tu joven cuerpo azota en el frío de la nueva mañana que se acerca. En tu mano aún llevas la guitarra sobre la que diste forma a pequeños sueños sin melodía. Una última mirada a ese cielo negro sin estrellas que cubre a la ciudad de Los Ángeles. Ahí abajo, en la acera, donde muere el sentir de tu generación; ahí, en el piso donde cierras los ojos por última vez. Ahí, en la soledad de tu oscura noche.

No quiero saber qué había en tu cuerpo. No quiero saber qué fue lo que tomaste antes de morir. Tampoco me interesa ver programas amarillistas en los que se analice a la decadente cultura del Hollywood post-adolescente. No quiero leer el artículo que aparece en la más reciente edición de la revista SPIN. Ni tampoco quiero prender una vela para ti enfrente de ese club al oeste de Hollywood. Lo único que quiero es verte de nuevo en la pantalla gris, en ese lugar aislado en donde la realidad termina cuando el proyector enciende su luz. Sí, una vez más buscas tu libertad y tu propia vida, lejos de la de tus fugitivos padres activistas, en ese bello film de Sidney Lumet. Sí, una vez más rescatas a tu padre de la locura cegadora y la civilización perfecta de Paul Theroux.

Y no me cansaré de verte una y otra vez en el poema autobiográfico de Gus Van Sant, parado en esa solitaria carretera donde los sueños propiciados por la narcolepsia te llevaron a ese lugar interno, a ese estado privado de soledad, buscando por el mundo un poco de amor, buscando a tu madre en Italia al lado de otros parias. Todo, espejo de una generación llamada por algunos “Generación X”. Esfuerzos aislados en caminos desterrados que no llevan a ningún destino final. Un triste trajín en las orillas del american dream. Sí, tú y yo, parte de ese sueño que importaremos gracias a la reducción de aranceles en un periodo de quince años. Tú y yo, los conocedores de carreteras perdidas en ese sentimiento sin fronteras al cual llamamos soledad.

Una vez más cierras tus ojos por última vez y tu cuerpo se convulsiona en la acera. Lo que lo propició no lo conoceremos hasta semanas después. Tal vez necesitábamos darnos cuenta, de esa manera tan cruda, que realmente existía dentro de ti un verdadero infierno personal. Tu muerte no justifica nada y solo serás un recuerdo grato en la memoria de mi vida. Un niño bien parecido, con mucho talento, que quedó tirado a las afueras de un club en el oeste de Hollywood.

Mejor regreso a las imágenes de Gus Van Sant. Tus ojos cerrados oscilan rápidamente, a la vez que nubes fantasmas abandonan la atmósfera de esta tierra. Una gran casa cae del cielo y se destroza cuando llega al suelo; una estrella fugaz atraviesa el firmamento de esa madrugada. De cualquier manera, de cualquier forma y de cualquier modo, espero que tengas un buen día


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1993) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).


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