En Bristol,
una noche negra para danzar,
tristeza obtusa y canción mecánica, inadvertida. Siniestro ritmo urbano,
lágrima eterna en silencioso plano
que evoca el final de un ataque masivo
sin la necesidad de regirse
bajo el influjo de MDMA.
Elmer Bernstein, Enio Morriconne, y John Barry.
Melancolía cinemática en dolor, tristeza, represión y acid jazz
Estrella fugaz, caminos extraños, tiempos agrios y dulce misterio para agentes secretos depredadores.
Geoff Barrow, el arquitecto sónico;
Beth Gibbons, diva de la precaria soledad,
y Adrian Utley, el multiinstrumentalista arcano, unidad británica térmica
bajo el nombre de Portishead.
Hip-hop gótico,
Soul de cabaret neoexpresionista en algún café en el limbo,
en Nueva York, en París
y en la región fronteriza
de la declaración desoladora
de Johnny Ray:
“I’ll never fall in love again”.
De vuelta a bailar
en la atmósfera de un film
cuya estructura sonora
proviene de un extraño mundo interior.
Aislacionista
animado en la más sórdida pista de baile, orquestación lúgubre y movimientos tenebrosos de ciudad oculta.
sonidos para matar
a un hombre que nace muerto
y para perseguir
la visión
cinemática
del nuevo y obscuro
género disco.
Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1994) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).
