Para que nunca olvide a Red House Painters

¿Me recuerdas?; el Casbah de San Diego, el Troubadour de Los Ángeles y el McCabe’s de Santa Mónica. Prometí escribirte en cuanto llegara a San Miguel de Allende y tú prometiste que estarías en cualquier parte del mundo: “Envía la correspondencia con atención a mi madre, ella sabrá dónde encontrarme”. ¿Ahora te acuerdas de mí?, tal vez no, aún. Yo, por mi parte, tengo en mi memoria frecuentes aviones sobrevolando la esquina del bulevar Kettner, en San Diego, y un frío 25 de septiembre. Recuerdo esos tristes y grandes ojos cafés en forma de niña slacker desprotegida. En ti y en mí, ropa larga, floja y oscura; y en ti, únicamente la ciudad de Nueva Jersey. Tal vez ambos en busca de palabras necesarias y música real. Domingo esencial para cualquier espíritu volátil. Voz honesta, canción inédita y genio visceral. En común, tú y yo, Mark Kozelek y su grupo, Red House Painters. Ahora estoy seguro que sí lo recuerdas. ¿Recuerdas qué fácil es abrirse al mundo? ¿Recuerdas qué difícil es cerrar heridas y dejar ir complejos del pasado? Recuerda que es fácil tomar una guitarra electroacústica, desconectarla, rasgarla y buscar con tu voz a aquel viejo y perdido amigo que te enseñó a vivir.

Nos encanta mirarlo, ¿verdad?; la forma en que descompone una canción y la forma en que renuncia a la evidente postura de cantor sensible. Figura frágil y perturbada. Pelo largo y residencia eterna en tu corazón. Dictador impasible y de humor negro. Delgado, tan delgado. Alguien me dijo que era él —y no un personaje de alguna de sus canciones— quien había perdido la cabeza. Qué bueno que fue él. ¿Recuerdas sus destellos de violencia?, ¿recuerdas que alguna vez también te escondiste en ti y que fueron sus canciones las que le permitieron encontrar la salida?

Con sus poemas, Leonard Cohen intelectualizó el sentir, y Nick Drake rebasó la posibilidad de crear nuevas formas de música folk. Pero no fue sino hasta Mark Koselek, cuando se realizó en mí la capacidad de mostrar lo que realmente siento. En ti, ¿qué sacó en ti? Quiero saberlo. Quiero saber qué encontraste en él. Aún no encuentro las palabras de esa noche en que lo vimos solo y sin su grupo. En verdad no lo necesitaba. Solo en el sucio escenario, guitarra en mano y el triste indicio de que los Red House Painters tal vez desaparecerían. Lo intuimos días antes en Los Ángeles y vimos en los ojos del resto del grupo que estaban hartos de él.

Esa noche, en Santa Mónica, vi cómo te buscó afuera del lugar. ¿Lo recuerdas? Lo esperabas impacientemente y él te introdujo al interior del totalmente vendido McCabe’s. Te llamó por tu nombre y desapareciste con él hacia el interior. Lo vi sonreír por primera vez. No era justo. Fue ahí cuando decidí buscarte, acercarme y preguntarme tu nombre: ¿Quién eres? ¿Buscas a alguien al igual que yo?

El tiempo ya pasó y ahora me encuentro contemplando los lugares que evoca la más reciente producción de los Red House Painters, Ocean Beach (4AD, 1995). En una atmósfera acústica, te puedo imaginar en cada sitio que ilumina la voz de Mark. Playas desiertas, San Jerónimo, un molino de viento holandés a la orilla del mar y bruma de océano que tiernamente besa tu frente. Prométeme que regresarás, no tanto para conocerte de nuevo, sino para sentir que todo esto que escucho es real.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1995) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).