Declaro que la tristeza es el mejor vehículo para encontrar en tus canciones los momentos que permiten acercarme a tu visión y demencia. La verdad es que, en cualquier otro estado de ánimo, lo que uno siente no es lo suficientemente real para cometer atropellos. Primero fueron las imágenes de Wim Wenders, al final de la década pasada, las que me enviaron a tu necia y horrible canción. Después fui yo el que insistió en regresar una y otra vez a ese club cerca del Zoologischer Garten, una sala perdida y mal iluminada detrás de algún callejón desconocido.
En medio de caras europeas, pensamientos ajenos y cabellos alborotados, tu grácil figura ascendió de la oscuridad, las malas semillas te acompañaban, un ángel se postró a tu lado y nos hablaste de ella y de la eternidad. Canción violenta, blanco y negro granoso, un encuentro con el amor destrozado, y me pierdo en las calles de una Alemania fragmentada. Adiós a las alas del deseo y adiós al viejo Cassiel, ángel estúpido que nunca logró entender la naturaleza del bien y del mal.
Lo anterior me regresa a Melbourne, al inicio de la década de los setentas. Busqué tu origen y eras joven e ingenuo cuando destruiste tu primera encarnación. Eras parte del colectivo musical más colérico que jamás haya existido, eras blasfemo y hablabas de una sedición del cielo. Te perdiste en tu propia adicción, en sueños de heroína, solo, flagelado y en busca de alguna deidad extraña que alimentara tu triste condición de escritor.
Exiliado bajo el cielo de Berlín, diste fruto a tu nueva existencia. Tomaste del blues del río Delta las más antiguas tradiciones de la vieja canción americana. De Leonard Cohen, su poesía y su misticismo sexual. Y te convertiste en el cantor de los réprobos benditos. Nick Cave, bardo sucio, la vida a partir de entonces fue un circo lleno de extraños personajes que abandonaste en el mundo de ensueños de tu bizarra ficción.
El encuentro real fue en Los Ángeles, agosto del noventa y dos. Terciopelo rojo y elegancia inusitada en El Palacio de la Calle Parra en Hollywood. Fuiste cielo e infierno, te llamamos predicador y nos maldeciste. Poeta mortal, fruta prohibida y canción asesina. Caminaste de un lado a otro y nos señalaste. Lanzaste tu micrófono hacia nosotros en un momento de ira y pisaste las rosas negras que te regalaron. Te sentaste por un momento. Al mirarte en tu silla comprendimos que nunca habíamos tenido fe. Fuiste falsa idea de un amor condenado, fuiste pérdida y anhelo.
Compré tus libros y los abandoné a la mitad del camino. Palabras llenas de un realismo mágico enfermo. Te odié porque te llevaste el sueño de mis noches. Me dejaste absorto, y los cuervos de tu mente me dejaron ciego, sin la posibilidad de recuperar la inspiración que tuve un mal día.
El segundo encuentro fue entre la masa, en una gira de carácter alternativo, en el noventa y cuatro, en San Diego. La medianoche descendió al mediodía y eras humano, de carne y hueso. Te entregaste como oveja de sacrificio. Y tu mensaje, aquel de redención y resurrección, ese de dolor y venganza, se perdió bajo el sol de un verano sin guirnaldas.
Hoy te encuentras en São Paulo, al lado de tu viejo piano, esperando el perfecto homicidio premeditado. La pistola, el cuchillo y la soga se transformarán en tu última balada de amor. Encenderás un cigarrillo y éste se apagará antes de la chupada final. Te dará mucho sueño y depositarás tu cabeza en la cómoda almohada de una vieja cama de caoba. Cansado, cerrarás tus ojos y desearás la nueva mañana de una ciudad del tercer mundo. No será necesario que despiertes otra vez; creo que ya sé qué es lo que sigue.
Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1994) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).
