Mojave 3: Mejor pregúntame mañana

Sé que son canciones de amor que nunca pasarán por la radio; sé que la nostalgia dista de ser enemiga y emblema personal. Me levanto por tercera vez de la cama y me acerco a mi aparato de discos compactos. Esta vez presiono el botón de continue. De madrugada regreso a la posición horizontal y me recuesto en una almohada llena de viejos sueños. Mojave 3 bien pudieran ser los Velvet Underground del momento, bien pudieran ser originales, bien por ellos; vaya, tan solo quiero algo de eso que se quedó en el pasado. Es solo música, es solo otra noche, y las estrellas parpadeantes que aparecen cuando cierro los ojos son tan solo un reflejo etéreo del hecho de dejar las cosas para otro día y esperar a que el teléfono suene en cualquier momento.

Acostado recuerdo la mirada nerviosa de la guitarrista Rachel Goswell cuando se presentó con Slowdive en San Diego en agosto del noventa y tres. Me puse muy cerca de ella y le dije afectuosamente en español: “Gracias por el bello ruido”. Perpleja ante mis palabras extrañas, continué hablándole en un lenguaje desconocido para ella: “Gracias por la atmósfera y por la voz, gracias por extender la imaginación del sonido en cuerdas celestes e indivisibles, gracias por venir de Inglaterra y gracias por ser bonita”. En ese momento, Arturo, un amigo, se acerca y me advierte que lo que estoy haciendo es peor que un acoso sexual: “Creo que no entiende español, y si le sigues, qué se me hace que llama a su novio y te parte la cara”. Ignoro el comentario de Arturo y termino por agradecer a Rachel su sencillez, y esperar a que me firme la lista de canciones del set de esa noche, que por ahí me robé del escenario. Al ejecutar su rúbrica sobre el maltratado papel, Rachel me enseña su gran sonrisa y aprovecho la situación para darle un beso en la mejilla. “Ahora sí se te va a armar, vámonos”, comenta Arturo, mientras se acerca hacia mí un disgustado güero de cabellos largos y descuidados. “No te preocupes”, le afirmo a Arturo, “por ahí leí que ya no son pareja”.

Slowidive en San Diego, circa 1993

Neil Halstead, el rubio guitarrista despeinado, resulta ser un buen tipo y acepta platicar conmigo por un momento. Frustrado ante el mal sonido del club en donde tocan esa noche, Neil confiesa su idea de regresar el concepto Slowdive a un sonido más básico. “Esto es difícil de creer”, le comento, “después de ver del cielo una gran e impenetrable pared de sonido, las posibilidades son ilimitadas para la guitarra”. “Te equivocas”, contesta Neil, “la guitarra ya no da para más”.

Rachel y Neil habían sido pareja tiempo atrás, y para mi buena suerte llevaban poco de no estar juntos. Era difícil para ellos compartir una larga gira por los Estados Unidos y tener que recordar todas esas cosas que lastiman la sensibilidad. En el pasado ambos habían encontrado refugio, salvación y amor en las atmósferas de sonido de grupos como Cocteau Twins y My Bloody Valentine. La pareja y otros compañeros de la universidad en donde estudiaban deciden formar el grupo Slowdive y aplicarle a la guitarra un mar de efectos, ecos, coros, retardos digitales y reverberación. El grupo es firmado por la disquera independiente Creation y rápidamente se lanzan dos grabaciones cortas, y lo que sería su primer álbum, Just for a day (Creation, 1992).

En la segunda grabación se recurre a Brian Eno para la preproducción de Souvlaki (Creation, 1993). Lo que resulta es una maqueta en donde los espacios se expanden hacia lugares nunca imaginados por el oído; el sonido se detiene, de repente, en melodías bellas, lentas y acústicas llenas de egoísmo y sarcasmo en las voces de Neil y Rachel. Las cosas no empiezan a ir bien para el grupo cuando la distribución de este disco es detenida por más de un año en Estados Unidos. El tiempo no se pierde e inicia el lento descenso hacia lo básico con un par de sencillos —ambos editados en vinilo— que exploran las fronteras del minimalismo electrónico. El cambio de giro musical era una respuesta a la cultura del ambient, a los chill out rooms y a los cambiantes sonidos que salían de Inglaterra.

Pygmalion (Creation, 1994) resume la belleza de lo anterior en la sencillez de una simple propuesta. Pequeñas y singulares notas de guitarra se extienden por largos periodos de tiempo; espacios pequeños y profundos, ligeras y sintéticas percusiones, hoyos negros en la orilla del universo musical alterno y tristes notas que albergan la melancolía digital; en pocas palabras, una obra maestra. Para entonces, las cosas ya estaban mal en la disquera que los contrató y la licencia de esta grabación no se llevaría a los Estados Unidos ni se le apoyaría al grupo con una gira por este país. Esto provoca la salida de tres integrantes del grupo, reduciéndose la unidad a Neil, Rachel y el baterista Ian McCutcheon. Los tres son despedidos de la disquera que ahora dedica todo su tiempo al grupo Oasis, y el trío se retira a la casa de Neil, cerca del mar, para dar vida a un nuevo proyecto bajo el nombre de Mojave 3.

Los demás del trío logran impresionar tanto a Ivo Watts Russell, el rey de la disquera 4AD, que los ha conservado como tales en el debut de Mojave 3, Ask me tomorrow (4AD, 1996). Sí, son canciones bellas, canciones para la posteridad, para la vela encendida y para el amor que se fue. Uno se encadena al piano que acompaña los nobles rasgueos que se le dan a la guitarra acústica y a la guitarra slide que evoca un vuelo tipo country. La amenaza de Neil de regresar a su sonido básico es ahora una realidad; su voz y la de Rachel flotan sobre las lindas melodías que otorgan un flojo sentimiento de anhelo y soledad.

Sigo recostado sobre mi cama escuchando el disco de Mojave 3, cuando por fin recibo la llamada que esperaba; del otro lado de la línea se encuentra la ahora bajista Rachel. Mojave 3 es parte de la gira de 4AD, Shaving the pavement, que también incluye a Lush y a Scheer (el otro nuevo grupo de 4AD) en el escenario. Lo más cerca de ir a verlos es Los Ángeles, y por falta de automóvil me tengo que conformar con una entrevista por teléfono. “Hay mucho ruido, no se escucha bien”, le comento a Rachel. “Sí, es que Lush acaba de entrar al escenario y es aquí cuando el volumen realmente sube”, contesta ella. “¿Estás todavía en el Whisky?”, le pregunto. “Tienes razón, no te escucho muy bien, que se me hace que mejor dejamos esto para otra ocasión”, contesta Rachel y agrega: “Pregúntame mañana. Tú sabes, como el título de nuestra grabación”. “Por una parte, qué bueno”, pienso al colgar y al estar consciente de que no tenía nada preparado para la entrevista. Me pregunto si se acordará de esas cosas que le dije en español años atrás; me pregunto si habrá regresado con Neil. Sí, mejor cierro los ojos y dejo esto para mañana.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1995) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).


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