Abro los ojos en las primeras horas de un domingo gris y solo veo la lejana posibilidad de que la tenue, pero insistente, lluvia deje de penetrar a través del techo de madera de mi habitación. El tiempo se reduce en la mañana de la secreta razón, y el color cambiante de las paredes que me rodean me hace pensar en Lisa Germano.
No solo pensar en ella, sino sentir a una mujer en toda la plenitud de su existencia, entenderla. Orar por una menuda princesa llena de inseguridad y miedo. No hay nadie que la rescate. La fe se ha perdido y solo miras un pequeño y delgado cuerpo que se muere porque alguien la ame. Tantas veces se aprovecharon sexualmente de ella, confundieron sus sentimientos, y algún extraño psicópata la siguió e intimidó cuando caminaba sola a su casa.
Puedo verla en la orilla del mundo, acompañando con su violín a las mentes simples por alguna ciudad perdida de la vieja Europa, hilando singulares melodías con notas uniformes y canciones tristes. Puedo verla una vez más, en el camino aislado de la planicie rural de los Estados Unidos —al lado del bardo campesino americano—, con su violín, pensando en la indiferente existencia de la niña que tiene sueños de amor y de colores.
La última vez que alguien intentó amarla, al parecer, ya era demasiado tarde. Las estrellas de sus ojos habían desaparecido y cada vez había menos de lo que ella pudiera haber dado. El viento sopló, y de esa forma inició el verdadero movimiento en su pelo y en su falda. La creación de su arte es inminente y lo que resultó es un compendio de la confusa adolescencia. Una producción casera de inigualable invención, baja fidelidad, guitarra sucia y percusiones sintéticas malogradas: Geek the girl (4AD, 1994). En una sola palabra: genial.
Ahora tú eres el que te encuentras en ese lugar secreto que nadie, aparte de ti, conoce. Escuchas una voz amiga y sentimientos muy cercanos a tu pecho. Esperas a que alguien te salve de tu aburrida vida. Registras el sonido de su etéreo violín, su rasposo murmullo, su lindo sarcasmo, y te das cuenta de que la lluvia nunca se irá de los cielos. Ahora, si tan solo pudieras ser lo que debes ser. Hoy no, ¿verdad? Tal vez mañana.
Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1994) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).
