I
Tu corazón, no el mío, se deja llevar por los sonidos que emite la guitarra de Dan Littleton. Yo, por mi parte, busco reflejar la energía que la batería de Trey Many proyecta. La resonancia de una pastoral voz femenina deslinda la mordaz actitud para mejores domingos; este primer día de una aburrida semana podría ser uno de ellos. Jenny Toomey está un poco molesta por el mal sonido que su monitor emite; es la cuarta vez que le pide al inútil técnico de sonido que lo corrija y nada parece mejorar. Desesperada, se aparta del micrófono. Con una mueca, Jenny logra que Dan se aleje también del suyo. Ambos cuerpos se acercan al centro del pequeño escenario y empiezan a entonar una bonita melodía del incomprendido Franklin Bruno: dos voces a una sola luz y los vaivenes de una relación amorosa.
Lejos está Arlington, en Virginia, y cerca, la frontera de ese inusitado trajín de una banda autónoma de rock. Nunca son suficientes todos esos kilómetros que se recorren, en viejas vans, para llegar y llenar de decencia musical a pequeños clubes en los centros de cualquier ciudad más o menos grande de los Estados Unidos. Tal vez en un pequeño pueblo universitario como Olympia, en Washington; tal vez en Manhattan, en Nueva York, pero nunca en San Diego, California.
Jenny aprieta su guitarra, nos observa y lanza melodías hacia el poco público (como quince personas en total). Dan permanece intranquilo en el escenario, en busca del perfecto tono triste para su guitarra. Trey también observa, como tratándose de acordarse de algo anterior. Jenny logra reconocer el vacío de este inusual encuentro y concede una melodía para la libertad del sentimiento. Entre canciones, Jenny comenta pequeñas anécdotas pasajeras en el quehacer independiente del rock; sin embargo, a nadie parece importarle. Liquorice, el grupo, ofrece una canción más. Lo que sigue es el ritual de desconectar instrumentos, cargarlos en la unidad móvil e iniciar una travesía de dos horas, en una noche llena de neblina, hacia Los Ángeles.
II
Los aviones no dejan de pasar por encima del pequeño club, en alguna esquina del bulevar Kettner. Son casi las ocho de la noche de ese gris domingo y ni las luces de Liquorice. “No es la primera vez que un grupo llega tarde y omite la prueba de sonido”, comenta el portero del Casbah. Mientras el momento del arribo llega, me regreso a mi auto a escuchar un poco la música de Listening Cap (4AD, 1995), el primer disco compacto del grupo: corto, dulce y al grano. La música de este esfuerzo es la continuación de Slack, un proyecto anterior de Dan y Jenny que nunca vio la luz del día. Con la adición del baterista Trey, del grupo His Name is Alive, Liquorice tiene su origen en el estudio de Warren Defever (también de His Name is Alive), quien funciona como productor del disco.
Dan y Jenny nunca han sido ajenos a los menesteres del rock independiente. Jenny es un ejemplo a seguir como guitarrista y cantante de los grupos Tsunami y Grenadine. Jenny y Kristin Thompson (la otra guitarrista y cantante de Tsunami) operan la casa disquera Simple Machines y son las autoras de una guía para sacar música de una forma independiente: An Introductory Mechanics Guide to Putting Out Records, Cassettes and CD’s. Dan, como cantante y guitarrista, forma parte de los grupos Ida y Hated, ambos editados por Simple Machines y otras disqueras independientes.
III
“¿Qué, no tengo sentido del humor? Tal vez”, contesta Jenny cuando le pregunto acerca del concepto erróneo que se tiene de ella. “Mucha gente, especialmente de la industria musical, se intimida por Kristin y por mí únicamente porque hacemos las cosas nosotras mismas. Es chistoso, ya que la gente piensa que somos unas arpías, tú sabes, unas viejas mamonas”.
Hablábamos de lo práctico y de lo divertido de hacer música independiente cuando llegan a la entrevista Dan y Trey. La conversación, en ese momento, pierde su curso y terminamos hablando de cómo Liquorice es parte de un operativo extraterrestre para conquistar el mundo. “No debí haber hablado tanto, ahora todos lo saben”, reflexiona Dan. “Lo has echado a perder todo”, le reprocha Trey. “¿Ves?”, me dice Jenny. “¿No te dije que era más divertido hacerlo de esta manera?” “Supongo que sí”, le contesto.
IV
Al terminar el concierto de Liquorice, Jenny acerca al escenario dos cajas. “El producto terminado”, pienso yo. Observo detenidamente el contenido y, en efecto, fresco vinilo, resplandecientes discos compactos y sabrosos cassettes para consumir. Adquiero un sencillo del grupo, uno de Ida y un codiciado disco de larga duración de Franklin Bruno. Pago directamente a Jenny por el producto y me lo agradece con su honesta sonrisa.
Salgo del club y, al dirigirme al auto, pienso en los principales protagonistas de la ética independiente en Tijuana y trato de convencerme de que vamos por el camino adecuado. “Tal vez aún no es suficiente”, pienso otra vez, “pero por lo menos es un buen inicio”.
Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1995) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).
