Laika y sus manzanas plateadas del cielo

Él se entregó a la mañana bajo un irresistible y afable deseo de cesar su existencia. Afuera de su cuarto, el día gris de cualquier ciudad y el incansable ir y venir de los demás: ciudad cubierta por una gruesa capa de nubes de plata. Buscar el sol a través de la ventana y brincar hacia él, si acaso lo encontrara; y si errara, por lo menos tocar la sombra de una decadente estrella. Antes de salir al exterior, intentaría localizar, en lo tibio de la tecnología orgánica, los extraños ritmos de la avanzada necesidad receptora. Se bañaría en una pared de sonidos sin cascada, se envolvería en una ambientación rápida y tenebrosa, pensaría en el diseño sonoro experimental pero accesible y se perdería en el impacto jazzístico de una pretensión a orillas del Avant-Garde. Algo importante tendría que aprender. Miraría al vacío de su pared, dejaría al tiempo pasar y a su reproductora de discos compactos sonar.

Pram, Minxus, Mouse on Mars, Seefeel, Stereolab, Moonshake y Laika, su agrupación favorita. Recordaba con euforia, en ellos, los sonidos de hoy y la evidente influencia de la vieja propuesta de los alemanes Can y Faust, y la del mexicano Juan García Esquivel. Se dejó llevar por la nostalgia y, de pronto, se encontró en la década pasada, danzando en el romanticismo y en lo gótico de la vida subterránea. Recordaba la sombra y la luz; recordaba que se encontró solo en el mundo y estuvo consciente de que la esfera de influencia de casas disqueras como Situation Two, Beggars Banquet, Factory, Rough Trade y 4AD había terminado.

Too Pure, casa disquera también de Inglaterra, sustituía hoy a las anteriores. Todo era, por enésima vez, parte de la arcaica idea de traer a la escena musical la calidez que la tecnología nunca tuvo en años pasados: combinar elementos de lo humano con la fría y virtual esencia de los secuenciadores electrónicos, del muestreo y de los ritmos sintéticos. Feliz estaba el melómano; los sueños de Schulze y de Eno permanecían intranquilos en el planeta.

“Existe”, pensaba para sí mismo, “una tendencia futurista y sensible en estas grabaciones”. Y solo era necesario escuchar muy de cerca Silver Apples from the Moon (Too Pure/American, 1995), la más reciente grabación de Laika. Las manzanas de plata creaban, para él, un espacio lleno de imágenes y sonidos que reflejaban la más completa visión de la nueva tendencia del rock: jazz, dub, world, industrial y tecno. En otras palabras, se encontraba dentro de un multiculturalismo musical a niveles minimalistas. Aparte, en la voz dulce de Margaret Fiedler encontró la sencillez de su lado femenino; en la voz distorsionada de Guy Fixsen, sus expectativas de desencanto; y en el ágil bajo de John Frenett, el reflejo de sus más puras y honestas intenciones.

Pertenecer o no pertenecer, ésa era la pregunta de hoy. Y lo que encontrara a partir de la respuesta sería, tal vez, lo definitivo. Salió de su casa y miró al cielo; ya no era temprano. Las nubes, en ese momento, seguían siendo grises. Caminó dos cuadras, luego tres y después cuatro. Escuchó los ritmos cálidos de su corazón una vez más y la música que lo llevó hasta ahí. Miró al cielo de nuevo; las nubes tenían la forma de una gran manzana. Se detuvo y se percató de que la luna pronto iniciaría su lento descenso en medio de la noche, el indicio de que ése no era el mejor momento para morir de pie. Dio media vuelta y regresó a su casa. La música de Laika y de los demás lo esperaban. Ya habría tiempo, después, para contemplar la idea de un dulce suicidio.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1994) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).



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