La necesidad de reinventarse a sí mismo pudo haber nacido un día de cualquier semana común. No había de qué preocuparse; ésta no sería la primera vez. Más o menos veintitrés años atrás, un niño inocente —supongo yo— de doce años de edad decide formar una banda de música punk. Los motivos son desconocidos y la edad es temprana para participar en nuevas revoluciones musicales. El chamaco delgado y baterista de los poco conocidos Swell Maps deja de ser Paul Godley para convertirse en Epic Soundtracks.
A partir de ese momento, la vida debió haber sido una propuesta llena de actitudes inherentes a la época: dulce anarquía romántica en las calles de Londres, música simple, fuerte antagonista, píldoras y jeringas llenas de sustancias tóxicas tranquilizantes, sexo sucio adolescente, fascinante, e influencia escolar y elemental de pretencioso arte inglés. Jacobites, Crime and the City Solution, These Inmortal Souls y Red Crayola. ¿Con cuántos y con quién más participó? No es importante en verdad; lo que vale es la nueva invención que se da cuando se decide dejar las viejas ropas del atuendo punk sin abandonar la actitud rebelde por completo, que, al fin y al cabo, somos almas en vuelo incierto hacia la definición de nuestro ser.
Si abandonar la parte trasera del escenario y cambiar las baquetas por teclas de color marfil resulta poco fácil, poner la boca enfrente del micrófono y cantar canciones de amor debe ser una progresión natural para cualquier desmerecida leyenda viviente de la era punk. Lo sorprendente de Epic Soundtracks, en su transición a baladista sensible, es la eficacia con que la sencillez de sus melodías afecta a nuestro indeleble espíritu.
El mensaje es claro y directo para las canciones que se guían por el viejo plano: sentimientos honestos en una voz limitada pero delicada, que permite regresar a esas primeras instancias que nos hicieron creer en las bondades y crueldades del amor. Independientemente del tono optimista de la lírica de Epic, existe en el fondo una extraña obsesión por la pérdida y el anhelo; Rise Above (Bar None, 1993) es ejemplo claro de lo anterior. Además de ser una grabación realizada con la tecnología más análoga que uno pueda imaginar y de obtener un clásico y añejado sonido antiguo, su sentir es eternamente de la década de los setentas, tal vez rindiendo homenaje a diversos baladistas románticos como Brian Wilson, Alex Chilton, Neil Sedaka y Burt Bacharach.
Sleeping Star (Bar None, 1994) confirma una vez más la fijación por resucitar géneros musicales que hoy en día resultan realmente alternativos. El éxito de esta serenata nocturna radica en la sinceridad y candidez de sus canciones. Cuando Epic canta “There’s been a change in me, cos’ you set me free / There’s been a change in me, I want you to see”, realmente creemos ciegamente en él. ¿Por qué? Pues porque también a nosotros nos ha sucedido y porque sabemos de los beneficios que otra persona puede lograr en nosotros. Además, si declaraciones como éstas provienen de un viejo corazón con alma de punk, le recordaremos, sin duda, al margen de una nueva droga de luna y en espera de nostálgicos sonidos familiares del más allá.
Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1994) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).
