Dead Can Dance: protagonistas de la ambición

Música balcánica, medieval, céltica, clásica y del Medio Oriente, al lado de la sensibilidad de Dead Can Dance. Percepciones en busca de la verdad y de la razón, en la voz épica de Brendan Perry; espacios mínimos de grandeza tonal que invitan a pensar y analizar la futilidad del ser humano. Compasión por la belleza conmovedora que emana de la voz de Lisa Gerrard, en ese lenguaje secreto lleno de impresiones naturales inalterables. Dead Can Dance, con más de trece años tras la búsqueda de los colores arcanos que componen los presagios de la música del presente. Inusitada evolución musical —bajo los auspicios de la casa disquera inglesa 4AD— en una atmósfera gótica que cobija a sus miles de seguidores, que visten de negro. Una mezcla inclasificable de influencias que permiten, en ciertos estados de ánimo, la aprehensión total de nuestros ofuscados sentidos.

El Royce Hall, en la Universidad de California en Los Ángeles, es un espacio funcional para el arte. Arquitectura ojival perfecta para albergar los sombríos matices que se reflejan en los labios, cabellos y atuendos de todos aquellos que esperan la presencia mística de los muertos que pueden bailar. Vampiros de la obscuridad que se congregan en la fiesta, caras blancas que inhalan la esencia del cigarro que proviene del capullo de la flor del clavero. Las candilejas disminuyen su intensidad en el proscenio, y aparece la figura de Lisa Gerrard bajo una vestidura talar medieval, que propician las múltiples percusiones, al lado del rincón sintético de gaita emitido por los otros cinco músicos que abordan el escenario, junto con la figura conservadora y descuidada de Brendan Perry.

Pelo ralo, camisa desfajada, pantalón flojo y sencillez pretensiosa en cada movimiento de Brendan Perry, ese conductor y maestro de cada instrumentación étnica que aparece en el escenario. Enfrente de él, y detrás del podio que sostiene el antiguo instrumento chino yang t’chin, Lisa Gerrard se postra y lanza bendiciones corales para nuestros oídos, dibujando con sus manos caricias maternales para el público. Dreams made flesh de This Mortal Coil, la canción tradicional irlandesa I am stretched on your grace, recientemente popularizada por Sinead O’Connor, y contadas piezas de la discografía de Dead Can Dance, hacen su merecida aparición dentro del repertorio de esta noche. Lo que predomina durante las casi dos horas de esta presentación es material irreconocible e irreproducible en nuestros hogares: viejas melodías mediterráneas, guitarras acústicas acompañadas de una quena sudamericana, y el éxtasis percutible en la culminación de cada pieza.

Unas tres veces más se asoman al escenario los integrantes de Dead Can Dance, después de las repetidas ovaciones de pie por parte del público. En cada ovación, el sentimiento de olvido que deja cada aplauso. En cada regreso al escenario, la convicción de que ésta es música que persistirá dentro de la esfera de nuestro mortecino sol. Y en la voz de Brendan y Lisa, la hermosura monumental que nos acerca al desconocido infinito que existe en algún lugar de nuestra vida.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1993) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).



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