Boss Hog no es un grupo sexual de grunge

I

Boss Hog puede ser el chispazo efímero que vierta una nueva luz sobre la superficie de la escena actual del agobiado rock alternativo de la Unión Americana. Un sonido sucio, crudo y directo que despierta miles de posibilidades en el ritmo de cualquier cuerpo. Boss Hog rescata el lado oscuro del blues, lo combina con actitud y sonido nihilista del atuendo punk y se fusiona con el balance funkadélico de una era sesentera que vuelve a nacer.

Se pulen y se intercambian los feroces riffs de Jon Spencer (una especie de Elvis Presley demente cruzado con un James Brown digitalizado en la era punk), con la fresca e insolente actitud femenina de la voz de Cristina Martínez (quien también hace el papel de la esposa de Jon); el cuarteto se completa con Jens Jurgensen, quien agita el espacio con su espeso bajo, mientras Hollis Queens y sus bucles de oro atacan de frente, dando irreverentes batacazos a su kit de percusiones.

La historia podría terminar aquí, con esa cruda de sonido que te persigue a la mañana siguiente (con todo y tintineo en el oído izquierdo), después de haber visto a Boss Hog una noche en el Casbah de San Diego. Sin embargo, mejor me remito al pasado para poder dar certera fe a lo que en el presente me acontece.

II

Washington, DC, refleja, en el subconsciente de los seguidores del rock estadounidense independiente, una de las escenas menos tomadas en cuenta por los medios, y mucho más interesante que los incipientes y estancados sonidos que salen de Seattle. La escena nace, junto con la del estado vecino de Virginia (notablemente en las ciudades de Arlington y Richmond), después de la explosión punk a mediados de los ochenta, complementándose y gestándose el movimiento con trazos inteligentes de rock inglés importado. Fomentando la ética de los independientes, grupos como Minor Threat y Fugazi establecen las bases para lo que hoy es práctica común: pequeñas y abundantes casas disqueras que graban, producen y distribuyen a nivel internacional los sonidos locales de la región, eso que se le conoce como el ‘international pop underground’ del lado este de los Estados Unidos.

Pussy Galore llega a la escena de Washington causando estragos en los escenarios con sus notorias presentaciones en vivo. Un agudo fuck you al frente de tu cara es lo que mejor describe el ruido punk que propiciaba el primer atuendo de Jon Spencer y conspiradores (que en un momento influyó a Cristina Martínez y a Neil Haggerty, hoy miembro de Royal Trux). Ya saturada la escena de Washington por la dominante disquera independiente Dischord, Spencer y compañía se mudan, a finales de los ochenta, a la excitante escena de Nueva York. Son varios los proyectos en los que Spencer participa para distraer su atención del nihilismo de Pussy Galore (Honeymoon Killers y Gibson Brother) dentro de la escena neoyorquina; y claro, con mayor atención, dedicación y constancia, en Boss Hog, el proyecto personal de Cristina Martínez.

Pussy Galore, a principios de los noventa, termina por sucumbir ante los excesos y choques de sus integrantes, abriendo nuevas posibilidades de expresión para Jon Spencer y su nueva agrupación: The Blues Explotion.

III

Jon Spencer es tal vez el más grande showman que existe sobre la faz del planeta. En el escenario gira insaciablemente las caderas de su delgado cuerpo, suda y emite sonidos guturales llenos de calor. Su acento de depravado hillbilly sureño refleja curiosas obscenidades que provocan la sonrisa de tus labios. Jon jala las cuerdas de su guitarra y las azota como endemoniado. Jon gime, grita, cae y ahí se detiene un rato con sus rodillas; abajo, Jon lanza conjuros llenos del más puro blues anglosajón. Se incorpora y se detiene un momento sobre el micrófono. Jon calcula y llena tu cabeza con el sucio sonido eléctrico que existe cuando éste lame las cuerdas de su guitarra. Esto es apenas el inicio, y Judah Bauer, el segundo guitarrista, y Russell Simms, el baterista, lo siguen con el mismo desenfreno con sus propios instrumentos.

The Jon Spencer Blues Explotion desdeña cualquier pose falsa de los actuales mártires del rock. Lo que se ve en el escenario es tan real como el color de tu piel. Jon es el epítome de todo lo candente de cualquier actuación que haya existido en algún lugar del rock. Olvídate de Cobain (él yace en otro plano existencial), Vedder, Kravitz y Corgan; el grácil Spencer es el único que parece ser de verdad.

IV

Tanta atención sobre la persona y presencia de Jon sería suficiente para desequilibrar y opacar la agrupación que encabeza Cristina Martínez. Sin embargo, juntos, detrás de las luces, se ven como una versión posmoderna de Ike Turner y su esposa Tina (inclusive hacen un cover de una de sus canciones en vivo). Cristina también grita y sabe moverse; la ex-modelo tiene la pose para brillar en la pasarela del escenario.

Boss Hog es el punto medio entre la exageración kitsch de Pussy Galore y la atracción fascinante de The Blues Explotion. “Boss Hog no es un grupo sexual de grunge”, afirma Martínez en una de sus entrevistas. El grupo tampoco es una salida para todo el material que le sobra al señor Spencer; Boss Hog es una unidad concisa de sonido con identidad propia. Como tal, y como abastecedores de fina mugre, la agrupación es más accesible, pero igual de efectiva y vital para la mayoría de los aburridos días.


Publicado en el semanario Bitácora de Tijuana (1995) y en el libro Rastros de carmín en un fondo tiznado de gris (La Espina Dorsal, 1996).