Para una de las pocas mujeres dentro de la música electrónica, Andrea Parker es quizá la más visual. “Me gustan mucho las imágenes”, insiste. “De hecho, me inicié como DJ musicalizando sobre proyecciones y haciendo música para el Ballet Real de Londres”. Le creo cuando le digo que su nuevo disco, Kiss My Arp (Mo Wax/Beggars Banquet, 1999), deja impresiones cinematográficas, profundamente nocturnas, al combinar atmósferas y ritmos con arreglos de cuerdas cinéticas y oscuras.
“Así es”, coincide Parker. “Por eso a mucha gente le cuesta trabajo escucharlo, sobre todo porque en la música electrónica del momento predominan los samples y los ritmos preprogramados. La tecnología ha avanzado tanto que ha vuelto a los músicos un poco menos creativos. Ahora hasta un niño puede hacer música con su PlayStation. Más que hacer algo diferente, en este disco quise trabajar todos los sonidos desde cero. Lo más divertido para mí es crear todo lo que escuchas: las cuerdas, los ritmos, todo lo hice yo; nada es sampleado”.
Menudita —no tan grande como imaginaba—, perspicaz y de perfecto acento inglés, Andrea Parker, en sus treinta y tantos, tardó una década en llegar a su primer disco. Se ríe al reconocer que es más fácil hacer música que cantar, y explica: “No me considero una gran cantante; mi voz está ahí como otro instrumento. Por eso el disco también se edita en versión instrumental, para escucharlo desde otra perspectiva. Suena muy distinto sin la voz, puedes oír más la música. Además, me sirve en mis sets de DJ para mezclarlo con otras cosas. Empecé cantando para la música de otros, pero nunca me gustó realmente lo que hacían; por eso decidí hacer la mía”.
Parker sonríe de nuevo al asumirse parte de una minoría dentro de la electrónica y reflexiona: “No sé por qué pasa esto. Tradicionalmente no se relaciona a la mujer con la tecnología, pero no lo creo: hay muchas mujeres DJs, mujeres que programan en internet y muchas más que trabajan con computadoras. Anne Dudley, de The Art of Noise, o Laurie Anderson rompen ese mito de que la tecnología es cosa de hombres”.
En su música y en sus sets, Parker encuentra inspiración en el pasado: sonidos electrónicos americanos, electro, hip hop, Miami bass y techno de Detroit. “No te creas”, matiza, “también me gustan mucho Kraftwerk, Autechre y Tipper. No solo lo americano, pero sí, me atrae mucho”.
Tiene, además, la distinción de haber trabajado con dos de sus ídolos: una colaboración en vivo con Philip Glass y su participación en un disco de remixes para Steve Reich —con quien también tocó en vivo—, figuras seminales del minimalismo electrónico. “No sé cómo se dieron estas colaboraciones con gente que tanto admiro”, se asombra. “Al parecer todo empezó con un remix que hice para Ryuichi Sakamoto; ellos son amigos y de ahí vino la conexión. Ha sido increíble”.
Más allá de su gusto por remezclar, Parker confiesa su deseo de hacer una banda sonora para una película de terror. “Es el siguiente paso”, sonríe. “No te rías, hablo en serio. Va a ser muy divertido. También acabo de hacer música para un videojuego de Dreamcast y quiero empezar una disquera, cuando tenga tiempo”.
¿Y cuándo encuentra tiempo para todo eso? Parker guarda un silencio breve, reflexiona y responde: “La industria musical es muy superficial. Cansa la promoción, las giras. Son estos proyectos alternos los que cierran el círculo de mi trabajo y de mi vida. Todo lo demás es mierda: las conexiones de vuelos, viajar de un lado a otro, no estar más de doce horas en un mismo lugar…”. Hace una pausa, respira hondo, sonríe con ironía y remata: “Amo mi trabajo”.
(Publicado en la revista Beats Culture, Los Ángeles, en 1999)
